Hace un par de días, unos amigos y yo decidimos irnos a tomar unas cañas para desconectar de la universidad y ponernos al día. Después de algunas horas (y unas cuantas cañas), la conversación tomó un tono más serio y reflexivo, y uno de mis amigos lanzó la pregunta de la noche: ¿estáis donde queréis estar?
Mi respuesta fue rápida: ¡SÍ!
Todos se sorprendieron porque no me había parado ni un segundo a pensar sobre ello, pero la verdad es que no me hacía falta. Estoy donde quiero estar, y esto es gracias a las decisiones que he tomado a lo largo de mi (corta) vida, algunas acertadas y otras no tanto, pero eso no es lo importante.
Para ser sinceros, no soy la persona que me imaginaba que sería hace unos años, pero eso no significa que esté mal. Porque nuestras ideas cambian, y la percepción que tenemos sobre nosotros mismos y sobre lo que queremos, también.
Cuando tenía catorce años, creía que yo sola iba a cambiar el mundo y, a decir verdad, ahora mismo esa idea me parece bastante soberbia. Este es solo un ejemplo de cómo nuestros puntos de vista y nuestros objetivos son alterables. No porque nosotros decidamos alterarlos, sino porque crecemos y comenzamos a establecer prioridades. Sí, prioridades, esa palabra que nos asusta y que tratamos de evitar todo el rato. ¿Por qué? Porque al elegir algo, renunciamos a muchas otras cosas, pero es el pequeño precio que tenemos que pagar para conseguir lo que realmente queremos.
Volviendo a la pregunta de mi amigo, si estoy donde quiero estar, es gracias a haber antepuesto unas cosas a otras. Ese es el mensaje que hoy quiero haceros llegar: no tengáis miedo de renunciar a algo, si esa renuncia os va a dar la oportunidad de priorizar aquello que os ayudará a conseguir lo que queréis. Solo nosotros somos responsables de nuestra situación y por lo tanto, está en nuestras manos convertirnos en la persona con la que soñamos (o en la que decidimos ser cuando nos despertamos).