«Ya se me hizo tarde ¡Me voy, me voy, me voy! ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Ya son más de las tres! …”
Lewis Carroll tenía la capacidad de ilustrar situaciones y emociones a través de personajes infantiles. Uno de esos personajes que tantas tardes nos ha acompañado y que hoy aún nos genera cierta nostalgia, es el conejo blanco.
Lamentablemente, la ficción pierde su magia cuando se convierte en realidad y eso es exactamente lo que ha pasado. Hoy en día vamos a todas partes con prisa. Nos hemos convertido en el conejo blanco de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas. Nos movemos de un lado a otro sin ser conscientes de por qué lo hacemos. La mayoría del tiempo actuamos de forma tan automática, que tenemos que pararnos a pensar qué estábamos haciendo o para qué.
Por norma general, cuando hacemos algo que no es nuevo para nosotros -comer, ir al trabajo, hacer deporte…- nuestra mente y nuestros pensamientos están en lugares totalmente ajenos a esa actividad que estamos realizando. Esto sucede porque automatizamos esas tareas, nuestro cerebro sabe cómo llevarlas a cabo y nuestra mente se toma “un descanso”. A priori puede parecer positivo; sin embargo, los expertos recomiendan mantener la mente activa, lo que es sinónimo de vivir conscientemente.
Es un hecho que nuestra calidad de vida es proporcional a la atención que prestamos a la misma, es decir, a nuestra consciencia sobre ella.
Ahora bien… ¿Qué es vivir conscientemente? Y… ¿Cómo podemos hacerlo?
Lo primero que debemos saber es que nuestra consciencia es nuestra mente. Por lo tanto, la única herramienta que necesitamos es esa.
La mente tiene distintos estados y … ¡Sorpresa! Ninguno es mejor ni peor que otro. Aprender a vivir conscientemente empieza por distinguir esos estados mentales y saber cual es más adecuado en cada momento. En todo esto nuestra inteligencia no juega ningún papel importante. Pero sí lo hacen nuestras acciones, valores, propósitos y metas.
El siguiente paso es respetar y aceptar la realidad. No sirve de nada ser consciente de las cosas, si luego no actuamos en función de las mismas o miramos para otro lado cuando algo no nos gusta. Debemos, por lo tanto, reconocer cuando hacemos las cosas bien, pero también cuando las hacemos mal.
Una vez que hayamos reconocido los estados de nuestra mente y hayamos aceptado la realidad, llega el momento de conocernos a nosotros mismos. Puede parecer una tontería, pero la realidad es que la mayoría de nosotros nos negamos la oportunidad de conocernos por miedo a lo que nos podamos encontrar.
Es muy importante reconocer lo que nos pasa, por qué nos pasa y cómo nos hace sentir para así poder hacerle frente.
Aprender a ver todo esto es difícil, pero puedes empezar siguiendo estas pautas:
- Si encuentras cosas que no te gustan… cámbialas. En caso de no poder cambiarlas, acéptalas. Muchas veces es la mejor opción.
- Trata de tener una mente activa. Esto significa: tomar tus propias decisiones, hacerte responsable de las mismas, no dejarte llevar por lo que digan o hagan los demás…
- Abre tu mente. Cualquier persona que crea que sus pensamientos y sus ideas son inamovibles y no acepta las de los demás, se equivoca más que nadie.