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Tag : coronavirus

25 Mar 2020

SOBREVIVIENDO A LA CUARENTENA😷 . Capítulo 3

Miércoles 25 de marzo de 2020. Unos días más, unos días menos. Cuando parecía que ya estábamos a mitad del camino, se decidió prolongar el estado de alarma una semana más 😣. Me lo esperaba, al igual que el resto de la población. Pero ¡ay!, ahora más que nunca maldigo a todas aquellas personas que se saltan las normas de confinamiento porque sí.

Lo cierto es que empecé a llevarlo mejor de lo que pensaba. ¡Hurra por la capacidad de adaptación del ser humano! Si bien hace una semana me arrepentía de haber adoptado un gato en vez de un perro (¡lo siento Señor Bigotes!🐱), ayer no quería ni bajar la basura. Era una mezcla entre pereza y miedo. ¿Soy la única a la que las mascarillas le dan mal rollo? Las pocas veces que he salido al exterior intentaba esquivar a las escasas personas con las que me cruzaba como si de un agility se tratara. Pero aquí viene lo inquietante: ¿de dónde narices saca la gente todas esas mascarillas? Reconozco que en su día, no le presté demasiada atención a ese tema. Me parecía excesivo ir por la vida como si estuviera en la película “Lost in Translation”. Y sin embargo ahora, salir a la calle sin mascarilla ni guantes es casi el equivalente a salir sin ropa interior.

Con mascarilla o sin ella, mi nevera y mi despensa se iban vaciando  y la visita al supermercado era inminente. El sábado me animé. Me duché, me vestí, me eché perfume (¡hola viejo amigo!) y antes de salir de casa, me lavé las manos. No sé muy bien para qué, pero en la televisión recomiendan lavarse las manos muchas veces, así que eso hago 👏🏻. Cuando bajaba por las escaleras (porque sí, otra cosa que hago es usar las escaleras en lugar del ascensor que ahora me parece una cámara de gérmenes), alguien abrió la puerta y me llamó. Resultó ser otra vecina a la que apenas conocía; una señora mayor que llevaba viviendo aquí toda la vida. Me preguntó a dónde iba, que si no sabía que no se podía salir de casa salvo para lo imprescindible. ¡Claro que lo sabía! Le dije que me disponía a ir al supermercado a comprar algo de comida y ella, de forma muy ágil, como si lo estuviera esperando, sacó una pequeña lista con algunos productos: pan, un brick de leche, unas fresas y poco más. Me preguntó si me importaba traerle algunas cosas, así que, sin darme cuenta, ahí estaba, haciendo mi segunda buena acción de la cuarentena. 

Para mi sorpresa, hacer la compra resultó sencillo y hasta agradable. Tenía el supermercado prácticamente para mí sola y, sólo por cotillear, me fui al pasillo del papel higiénico y descubrí estantes llenos de ese bien que hace unos días valía su peso en oro. Regresé a casa y comencé a subir las escaleras. Me di cuenta de que tal vez el ascensor no sería tan mala idea al final de todo. Los bricks de leche y la arena de mi gato me estaban dejando los dedos como códigos de barras. Me acerqué a la puerta de mi vecina, dejé las bolsas en el suelo y llamé a su puerta para alejarme y ponerme a una distancia prudente (nunca hay que bajar la guardia). La señora me lo agradeció y comenzó a hablar… Resulta que llevaba 42 años viviendo en esa casa. Sus hijos vivían fuera, uno en Barcelona y la otra en Toulouse. La llamaban todos los días pero por desgracia, no podían venir a verla. Tenía tres nietos, con los que también hablaba a diario por “Esquipe” (a.k.a.: Skype). Echaba de menos a su pandilla de amigas y es que no podían hablar mucho porque Manuela no tenía “Esquipe” 👵🏼. También me contó que la compra le gusta hacerla en persona, que un día su hijo se la compró online pero no le gustó la experiencia porque los que se la trajeron a casa “No eran de aquí”. 😳😳😳 Dios mío, ¿mi vecina era racista? Miré en todas las direcciones y en mi cabeza resonaba un “tierra trágame”. Me despedí amablemente y continué el ascenso por las escaleras hacia mi casa.

Más tarde ese día, después de contar mi experiencia de buena samaritana a mis amigas y tras pensar en que tal vez escuchara mal, comprendí que, aunque me molestara, no podía dejar de echarle una mano a esa señora. Era una mujer mayor cuya mentalidad difícilmente podría cambiar, estaba sola y, aunque tenía cierto manejo con las nuevas tecnologías (no así con su pronunciación), la mujer pedía a gritos poder hablar con alguien y compartir su soledad. Muchos estábamos solos en ese momento. Yo misma, aun hablando todos los días con mis amigas, sentía la necesidad de compartir mi angustia (o alegría, que también había momentos de esos) a todas horas. Decidí que la siguiente vez que fuera al supermercado, avisaría a mi vecina por si le hacía falta algo. 

Eso hice el martes. Sin embargo, cuando llegué a su planta, escuché el mismo discurso de los hijos, los nietos y Manuela que no tenía “Esquipe” contado a otra persona. Mi adorable vecina había interceptado a otro residente de nuestra comunidad para que éste le echara una mano con su compra. Era un chico de mi edad que, pese a llevar mascarilla 😷  sonreía detrás de ésta encantado de estar ayudando a alguien. Los saludé y seguí mi camino hasta el supermercado pensando en por qué no conocía yo a nuestros vecinos y cómo podría conseguir su número de teléfono 😏.

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