Abrí la ventana y observé por primera vez. La había mantenido cerrada varios años; en realidad, no recuerdo la última vez que la había abierto.
Estudié el paisaje que se exponía ante mí: el cielo desierto se abría paso hasta los confines del mundo perfilado y, a su vez, del suelo estrellado, asomaba un mar de astas de primavera. Rápidamente, salté al exterior y me adentré en el tortuoso bosque.
Los primeros árboles que se me presentaron eran de delgada constitución, sin mucho que contar y separados por pocos metros de distancia.
A medida que avanzaba, la naturaleza crecía a mi paso cada vez más frondosa y densa. Llegó un punto en el que un muro de plantas de grosor incalculable me dificultaba el paso, haciendo mis movimientos más torpes. La meticulosidad con la que se movía, casi imperceptible, me susurraba sus caminos.
Los árboles se ensanchaban a cada paso hacia el norte dándoles un aspecto majestuoso.
Me detuve por primera vez, frente a un arbusto hacia la mitad de mi camino.
Estaba acompañado por plantas que no supe reconocer y envuelto en el sosiego de la noche. Instantes después de detenerme, me habló
Sin conocerme más que de verme por los alrededores de su bosque, me mostró la historia de sus cicatrices. Por las arrugas que lucía, y el añoro plasmado en su voz con la que me contaba sus hazañas, supe que era de avanzada edad.
Yo escuchaba con atención todo lo que aquél anciano me decía, asintiendo y sonriendo en los momentos adecuados, sabiendo que poco a poco se nos acababa el tiempo. Cada palabra que me regalaba, le robaba más el aliento, haciendo que se consumiera cada vez más, como si de un cigarrillo entre los labios de Hades se tratase.
Finalmente, volvió a reinar el silencio, dando por finalizado el relato y a mi viejo amigo por muerto. Tan solo habíamos estado hablando unos minutos, sin embargo, la energía juvenil que mostraba en su historia
Me hizo alegrarme por él y su vivaracha vida en vez de entristecerme por su reciente fallecimiento.
A partir de ese momento, volví a detenerme en varias ocasiones para escuchar lo que aquél bosque tenía que expresarme, aprendiendo de la sabiduría y de la vejez de sus ramas que me acogían con afecto.
Varias batallas luchadas después, el horizonte se iba aproximando. Tan sólo me quedaban tres hileras más para concluir mi aventura y llegar dónde ya sabía de antemano que era mí final. Sonriente, escuché a los pocos que quedaban.
Mi existencia finalizó junto a la de aquel bosque, en el punto exacto donde el azul del cielo, ya bañado por el sol, tocaba el verde de la hierba. Miles de árboles murieron aquella noche, no obstante, mi alma se retiró de aquel mundo felizmente, sabiendo que me llevaba conmigo siglos de conocimiento y más cariño del que nunca había obtenido.
por:
Blanca de Villa
So beautiful.
Un abrazo.!!!