Lunes 11 de mayo de 2020. Hoy me gustaría hablaros de irresponsabilidades e irresponsables (entre lxs cuales, por cierto, me incluyo presidiendo la lista). Me explico:
Después de “los niños pueden salir a la calle”, el pasado sábado 2 de Mayo también lo podíamos hacer los adultos. ¡Quién lo iba a decir! ¡Después de más de seis semanas de confinamiento por fin podríamos salir a dar un paseo o a hacer deporte!🏃🏻♀️ Llamé a mis amigas y todas estaban igual de emocionadas que yo, menos Paula. La tía de Paula trabaja en un hospital 👩🏽⚕️ y nos repitió, por activa y por pasiva, que nos lo tomáramos con calma.
En ese momento Paula me dio mucha pereza. Me merecía, igual que mucha otra gente, poder salir y pasear por las calles de mi querida ciudad y olvidarme un rato de las paredes de mi casa. Había cumplido el confinamiento a rajatabla, había echado una mano a mi vecina con la compra y, sinceramente, me sentía una ciudadana ejemplar 🥇. “¡Podemos con esto! ¡Esta pandemia tiene los días contados y nos merecemos un poco de normalidad!” 👏🏻, me repetía con cierta excitación ese día.
Se acercaban las ocho de la tarde y me llamó otra de mis amigas. Vivimos en la misma zona y, aunque no pudiéramos pasear juntas ni pararnos a hablar ni abrazarnos, el simple hecho de verla, aunque fuese a lo lejos, me hacía una ilusión increíble. Me enfundé la mascarilla y los guantes y salí de mi casa. ¡Madre mía! Había más gente que un domingo en el Rastro y lejos de asustarme, me llenó de emoción ver tanta vida. Era como volver a un día de verano en el que te diriges a una terraza a tomar algo con tus amigas 🍹.
Vi a mi amiga a lo lejos y no pude evitar ir corriendo hacia ella. Nos paramos y, respetando cierta distancia de seguridad (no sé a cuánta distancia estábamos, pero en ese momento me importó poco o nada) chocamos los codos. Ese era el nuevo protocolo para saludar a la gente y me sentí un poco estúpida haciéndolo, pero en fin. Me dijo que camináramos juntas, que si nos paraban, diríamos que somos compañeras de piso 👯 y así hicimos.
Aunque hablaba con ella todos los días, verle los ojos 👀 (era lo único que la mascarilla me permitía ver de ella) era como mirarla por primera vez. Caminamos un rato hablando de nuestras cosas y saludando de lejos a algunos conocidos y de pronto oímos música 🎶. Venía de algún balcón y nos atraía como una lámpara atrae a los mosquitos. Se oían risas, saludos, charlas, música… ¡Se oía felicidad! 😃
De pronto entré como en un trance. Estaba feliz, contenta, me sentía afortunada de estar ahí, de estar viva y de compartir mi emoción con toda esa gente. En algún momento mi amiga me pasó una lata de cerveza 🍻. No sé de dónde la había sacado pero no podía beberla con mascarilla. Así que sin mascarilla y escuchando música me tomé una cerveza con mi amiga y me sentí feliz.
Lo sé, lo sé. Lo pienso ahora y me siento la persona más estúpida del planeta.
Al día siguiente vi las imágenes en el telediario y se me cayó la cara de vergüenza 😦. ¿Cómo había sido tan irresponsable? Ni por un segundo llegué a pensar en las consecuencias que podían estar teniendo mis actos ni las consecuencias de que mucha gente fuera igual de irresponsable que yo. De pronto me acordé de mi amiga Paula y de su tía👩🏽⚕️. Pensé en las horas que habrá pasado en el hospital luchando por la vida de miles de personas y en que, quizás, tras mi “felicidad” de ayer, todo ese tiempo se hubiera tirado a la basura.
No volví a salir de casa en toda la semana, ni siquiera para hacer la compra. Salir a aplaudir me hacía sentirme la persona más hipócrita del mundo y sabía que si de verdad quería ayudar a los sanitarios, lo mejor era quedarme en casa 🏠. Así que, después de hablar con Paula y agradecerle a su tía todo lo que estaba haciendo, eso hice. Ya habrá tiempo para cervezas, mientras tanto, ¡DISTANCIA DE SEGURIDAD! 😉
Por si te lo has perdido: