Domingo 12 de abril de 2020. Hoy por fin ha salido el sol ☀️. Al menos en mi ciudad. He abierto los ojos a las 8:37 de la mañana y por un momento se me había olvidado todo esto. Pensé en que, para aprovechar el buen día que hace, debía llamar a mis amigas y proponerles un plan de terraceo por La Latina. Hasta que me di cuenta de que no. Hasta mi gato parecía reírse de mi: “no pierdas la ilusión guapa, pero ahora ve a hacerte un café y disfruta del sol pero desde la ventana» 😩.
Durante toda la semana he estado hablando con mi vecino, pero sin decirle que somos vecinos 💕. ¿Por qué? Pues porque no quería que pareciera que le había echado el ojo y cuando eso ya me dio igual, había pasado tanto tiempo que sería incómodo decirle la verdad. Así que el plan era hacerme la tonta y sorprendida si algún día nos cruzábamos por las escaleras (de forma accidental, o no 😏). Era muy simpático y hasta el momento no me había insinuado ni una sola vez hacer una videollamada a lo Señor Cuarentena. Me contó que era pintor, que hasta ese momento tenía algunas obras expuestas en una galería del centro y que, cuando acabara el confinamiento, estaría encantado de enseñármelas. Al decirme todo eso, a mi cabeza venía la imagen de Kate Winslet y Leonardo Dicaprio en Titanic (¿os lo imagináis?). También me contó que no era de Madrid y que su abuelo estaba en el hospital «– Nada grave, pero ya sabes, es difícil no poder hablar con él«. Que era una persona muy sociable y que la soledad no era buena musa para crear obras de arte.
Entonces hablar empezó a no ser suficiente para mí. Si en algún momento nos cruzáramos por las escaleras, ¿acabar en su piso sería saltarme el confinamiento? (Para los interesados, ¡SÍ, lo es!❌). Lo reconozco, muchas veces fantaseaba con esa idea, una vez incluso decidí forzar ese encontronazo en el rellano hasta que… Empecé a cambiarme de ropa (a quitarme el pijama, básicamente) me miré en el espejo y ¡Boom! Ahí estaban, los primeros michelines de la cuarentena 🤦🏻♀️.
Es cierto que había intentado controlarme con el picoteo entre horas, pero a diferencia de mis amigas, no había hecho ninguna clase de yoga virtual ni me había unido a ningún directo para sudar esas galletas 🍪 que acompañaban mi desayuno, comida y cena.
¿Soy la única que piensa que desde que empezó la cuarentena demasiada gente muestra su motivación y sus rutinas en redes sociales? Al mirar esos vídeos en los que distintas personas levantan botellas de agua a modo de pesas 🏋🏾♀️, se contorsionan en posturas de yoga imposibles 🤸🏼♂️ o se ponen a bailar al grito de “¡todos juntos!” 💃🏻, la única reacción que causan en mí es rechazo. ¿Por qué ellos encontraban esa motivación y yo no? ¿Y por qué entonces, mirándome al espejo, me arrepentía?
Quizás esta fuera la motivación que andaba buscando, el ver que, si no cambiaba nada, tal vez al acabar la cuarentena lo primero que tendría que hacer sería comprarme un par de vaqueros nuevos una talla más grande 👖. Así que, desechada la idea de encontrarme con mi vecino, busqué vídeos en Youtube y elegí uno al azar. Cambié el pijama por mallas de deporte y, cuando llevaba no más de 5 minutos (solo con eso ya me sentía mejor persona) el vecino de abajo empezó a dar golpes en el techo 🗯. ¡Vaya! Creo que hacer una clase de aerobic a las nueve de la noche no era la mejor de las ideas. Lo dejé para el día siguiente feliz por dos motivos: primero, porque había encontrado una motivación 💪🏼 y había empezado a hacer algo de ejercicio por primera vez en un mes y segundo, porque el vecino de abajo me dio la excusa perfecta para dejarlo en ese momento (no es que me apeteciera mucho). Así que con todo ello, me fui a la cama a hacer algo que de verdad me apetecía: continuar con mi maratón de Friends. Y pensando en si Ross y Rachel se estaban tomando un descanso o no quizás me comiera alguna galleta más (la vida sana empezaba mañana) 😌.
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