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Despedir el verano

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Odias despedir el verano.

Tantas canciones dedicadas

miradas delicadas

a ritmo de latido.

Te corre por las venas esa manera que tienes de hacerlo todo.

Estás hecha para sentir, para bailar, para dejarte llevar por todo eso que llene los huequitos que hay en tu alma.

Dicen que la piel es de quien la eriza 

Dicen que la piel es de quien la eriza; tu piel es de la música. De la risa de esa persona que desata tus nervios. De ese aire helado que te entrecorta la respiración. Del mar cuando demuestra lo vivo que está.

Sobreviviste a la tormenta que inundó tus pulmones; asumiste que tus movimientos te podían sacar a flote. Los náufragos vuelven a nacer, hijos del mar y bautizados con sal. Eso te explica.

que siempre has tenido complejo de sirena

que vives unida al mar por un lazo

que formas parte del sol

que vives unida a tus gafas oscuras

a quien el verano le otorga tiempo para crecer

leer

pintar

escribir

observar.

Vendrá otro. O quizás no lo hará.

Volverás a

leer

pintar

escribir

observar.

Seguirás creciendo

o no. Y eso te asusta.

Por eso todas esas canciones que has gritado, todos los kilómetros que has recorrido, todas esas carcajadas directas al cielo, todas las manos, todas esas letras, esos colores, todas esas fotos y vídeos y audios, todas esas carreras hacia el mar, todos esos saltos al agua, todas las tardes que vuelan con quien sabe darle alas al tiempo, todo ese valor y ese miedo, todas esas caricias, todas esas noches de calor invertidas en olvidar que el sol no está, toda esa arena por todas partes, esas odiosas pero necesarias tormentas de verano, toda esa lista interminable e inigualable de sentimientos; todos esos minutos de vida pura y dura acumulados los transportas en la piel.

Tienes monstruos encerrados en jaulas ahí adentro, pero de vez en cuando se escapan.

Y te soplan tan fuerte en los ojos que no puedes evitar que lloren. Y te falla eso que te hincha el tórax. Las clavículas aumentan en ritmo.

Y sólo su voz te hace mejor.

Solo su abrazo te calma.

A sus manos siempre les has agradecido la fuerza. Hace ya mucho, tanto que ni lo recuerdas. Y siempre lo seguirás haciendo.

Siempre vivirás a contracorriente. Tan tú que impresionas. Tan tú que a veces dueles.

Texto:  Ana Fernández
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