He de vivir
recordándome continuamente
de que también el poeta
que dice saber mucho de la poesía de la vida,
pierde algún que otro papel,
y mucho
pero que mucho, la cabeza.
Ese momento en que llega alguien que le desordena los escritos, las frases, las palabras e incluso alguna que otra letra.
Comienza a tartamudear hasta con el lápiz en mano.
Caligrafía ilegible.
Pulso acelerado.
Pitido prolongado.
Y coge y se enamora de una risa. Y se olvida de la música. Adiós notas, compases y todo lo que no tenga que ver con una carcajada.
Y luego llega una melena que compara con el mar. El amor de su vida concentrado en una mirada.
Perderse en una espalda que empiece en unas clavículas y acabe en abrazo y caricia.
Apretar la mandíbula
para no dejar escapar muchos suspiros de esos que se pueden leer.
Suena a utopía pero es un poema en directo.
A imagen por segundo
le queda una vida entera para las sonrisas. Para los pétalos. Para todo lo que implica querer, vivir y luego escribir.
Autora: Ana Fernández
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