Un grito en la noche… Asusta a cualquiera; menos a ti.
Me conoces y sabes que es un grito, explosión de mi alegría. No te he visto, pero sé que llegas, como tantas veces.. de imprevisto.
No se te ocurre llamar, llegas a tu casa. Y como de un lobo solitario se tratase, piensas que no necesitas más que tu llave para entrar.
Tu llave, esa sonrisa que hace de tu cara un dulce
Tu llave, esa sonrisa que hace de tu cara un dulce, que no me resisto a aceptar. Un dulce que entra en mi cuerpo y que borra toda contrariedad que haya sentido durante el día
¿Y si un día no estoy sola? ¿Y si un día no lanzo ese grito?
No importa, no te sentirás molesto; entrarías en el juego de intentar ser tres. De formar parte de lo que esté viviendo en ese momento. Te quiero. Pero a veces me “descompones”: vives tu día, mi día, sin pensar que después llega otro detrás. Cada día, para ti es, un espacio cerrado de 24 hora.
Sé que «no soy la otra», pero también sé que que no buscas el compromiso
Sé que «no soy la otra», pero también sé que que no buscas el compromiso, que cada día lo vives, como si de una habitación cerrada se tratase.
Me río sola, recuerdo el momento en que te comenté: ¡tú y tu vida de pasillo largo!, con tus muchas habitaciones, una junto a la otra, y que cuando las vas abriendo: siempre estoy yo.
Me miraste, me volviste a mirar, cogiste aire… y te acariciaste la mejilla perplejo. A mi me salió, no el grito, pero sí la carcajada: “te había pillado” y tú te resistías y aún te resistes a decirme: Si, en mi vida estás tú en primer lugar.
Sé que te quiero. Sé que te querré porque tengo memoria de lo que vivo, de lo que hemos vivido y de lo que quiero seguir viviendo. Y si te tengo que olvidar… no me será fácil.
Itziar
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