Si algo he aprendido
observando a los que me rodean
es que
cuando de verdad amas lo que haces
y haces lo que amas,
no hay mano que te pare, no hay derrota; todo es mirar hacia delante.
Vas a la desesperada si es necesario,
como cuando vas tan rápido que sabes que te vas a caer y a rasgar la piel por innumerables partes; pero pides más y más velocidad.
No existe el miedo a la derrota, solo a no dar el máximo. Lo único que precede a la caída es levantarse con una sonrisa enorme.
Hay veces en mas que sientes 50 cosas por minuto pero, oye, que es normal. Siéntelo, siéntelo de verdad pero nunca pidas perdón por ello.
No te arrepientas ni un sólo segundo de tu vida de haber seguido tu impulso, tu corazonada, es tu vida
No te arrepientas ni un sólo segundo de tu vida de haber seguido ese impulso, esa corazonada, esa vida. Porque ha sido tu vida. Déjate llevar por las olas del mar y que te lleven a la orilla oportuna de la mano de los tuyos. De los que siempre estuvieron ahí, o de los que siempre vayan a estar.
Quien te tendió la mano cuando ya no querías levantarte, quién te cogió la cara entre las manos y te dijo: «Tú puedes». Atisbo desde lo lejos que sientes vértigo cuando te subes al escenario, cuando entras en el tapiz o en la pista. Pero qué maravilla, qué explosión de seguridad cuando empieza a sonar la música; pero no hablo de la música en sí. Qué maravilla cuando empiezas a sonar tú. Cuando te sabes campeona, luchadora, increíble. Recuerda, no es cuestión de dar suficiente, sino de dar suficiente como para superarte a ti misma. Llena de luz, risa y orgullo cada rincón de la sala en la que te encuentres.
Y nunca lo dudes,
es
cuestión
de actitud.
Escrito por:
Ana Fernandez