Ayer salí.
Y, cuando iba por mi cuarta copa,
la vi.
Ella,
por la que decidiste ponernos punto y final.
Ella, tu punto y seguido.
Ella, la que despierta junto a ti,
la que vuelve a casa con tu olor pegado a su ropa,
la que provoca tu risa,
la que provoca.
La analicé,
me comparé,
la maldije
me torturé,
fui la mujer que siempre me prometí
no ser.
Ella,
la misma que no sabe nada.
La que no sabe que, cuando tardas, es porque estás conmigo.
Que, en tus contactos, mi nombre no es el mío.
Que me dices que la amas, pero que a mí me necesitas.
Aquella a la que podría destrozar,
si quisiera.
Aquella que recibe el rencor que deberías recibir tú,
si pudiera.
Ella, la que escoges para ser tu luz,
mientras a mí me mantienes a la sombra.
Yo la vi,
pero ella también me vio a mi.
Intercambiamos miradas de rabia.
Esa rabia tan triste
que existe
entre dos mujeres que pelean por aquel que les roba el aire.
Dos mujeres
que son enemigas,
cuando deberían ser aliadas.
Ella ocupa mi lugar,
y aunque no la quiera odiar,
lo hago.
Ella, más parecida a mí de lo que cree.
Las dos hemos sido tu luz y sombra,
las dos estamos ciegas.
Las dos perdonamos lo imperdonable,
las dos dejamos de ser,
para ser contigo.
La compadezco.
Y aunque, la parte más primitiva de mi le desea todos los males,
no se los deseo.
Solo espero que sobreviva a ti.
Porque, aunque la odie,
la compadezco.
A ti no te puedo odiar.
Pero seguro que, jamas,
me voy compadecer,
ni un poco,
de ti.