Fuiste herida profunda,
La caricia que duele, el llanto intermitente en años de tristeza y soledad.
Que vacío dejaste.
Que complicada la existencia sin ti.
Sobrevivir, eso hice.
–Y sí, es cierto que uno no deja de esperar porque se canse, sino porque el ruido de fuera cesa y las raíces se secan.-
Así te quise, hasta que no pude más.
Y ahora, cuando pienso en éste tiempo desierto, entiendo que perdí mi valioso tiempo.. el valioso tic tac que marca la vida, mi vida.
Ahora puedo ver con claridad. Y sí, a veces no me gusta lo que veo.
No me gusta si recuerdo nuestros recuerdos.. llenos de amor, dolor.. e improbabilidad.
Improbable que llegáramos al destino, que atravesáramos el túnel, que aterrizáramos sanos y salvos, que después de aquél invierno nos sorprendiera la Primavera que asomaba por tu balcón.
¿ Improbable o imposible ? No lo sé.
Pero dejamos de ser.
Y que insensata la vida cuando de fondo suena una canción que me recuerda a ti, a lo que fuimos y nunca seremos.
El mar siempre te arrastra de vuelta a mi orilla, y nos veo ahí, tumbados al sol.. mirándonos de reojo, sin perdernos de vista.
Porque nosotros fuimos, sí, fuimos.
Fuimos mucho, en muchos tiempos verbales, en pocos tiempos compuestos, en diferentes tiempos simples, y a pesar de todo éramos el complemento perfecto. O así lo quería creer yo.
Fuimos el «subidón», la adrenalina, el momento antes de la caída, el filo del precipicio, el miedo y la incertidumbre antes de saltar, los nervios, la intriga, las ganas.. hasta convertirnos en nada.
Fuimos todo eso que ni en mil años podría explicar, pero lo fuimos, y para mí todo aquello es muy nuestro.
Tan nuestro como vernos y sonreír, como los besos después de hacer el amor, como las tardes de café, como la desgana en las mañanas en las que no nos queríamos ni ver, como las despedidas, como Sevilla de tu mano, como la parada en mitad de camino para enseñarme el regalo que con tanta ilusión compraste, como el olor de tu piel, como las noches de verano, como nuestros días en aquella casita en Cazorla, como las caricias, como la noche de carretera hasta llegar a Valencia, tan nuestro como decirnos sin hablar, … como cada cena en la casa que sentí tan mía, como Roma contigo, como aquél anillo que nunca quise guardar, como la tarde de spa y pollo en la terraza de aquél hotel, como nuestro sofá naranja, como nuestras risas, como cada viaje de ida y vuelta, tú sin quitar tus ojos de la carretera y yo sin apartar los míos de ti.
Siempre fui muy tuya. Pero nunca fuiste consciente, hasta que en algún momento nuestro suelo comenzó a temblar, a resquebrajarse, a perder las formas, a separarse, hasta desaparecer.
Yo nunca podré resumir todo aquello en poco, porque fue mucho, mucho, mucho más de lo que hubiese querido, para así después no hacernos tanto daño, para que así, aunque pasaran los años no me siguieras doliendo tanto.
Y así acabamos .. siendo.
Siendo recuerdos.
Muchos recuerdos.
Me gusta mirar el mar, y pensar en ti.
Escrito por:
Elena Ponce Guerra