Los Reyes Magos son sinónimo de ilusión, fantasía, inocencia e infancia. El día se acerca y año tras año me encanta rememorar como era esa fecha 20, 18 años atrás. Se podría decir que era EL DÍA DEL AÑO, ese día que hubiese marcado en el calendario con un sabrayador amarillo y hubiese ido haciendo cuenta hacia atrás desde el día 7 Enero para que volviese a llegar.
Ahora en el calendario no hay mas que fechas que no puedo memorizar y de las que no sé nada mas que son días en los que tengo que hacer algo importante. Pero bueno, no serán tan importante cuando no puedo ni recordar qué es lo que tengo que hacer ese día.
Reuniones, citas y demás cosas que organizan los días del mes. Cosas que no me hacen ni la mitad de ilusión de lo que podía hacerme la llegada de los Reyes Magos. Aunque no solo los Reyes, cada día, cada fin de semana era una ilusión y una novedad. Cualquier cosa generaba una felicidad simple y una alegría desmedida.
Quizás es ingenuo querer comparar la alegría de un niño con la motivación por hacer las cosas cuando eres adulto. Cuando eres pequeño todo es una novedad, las preocupaciones son inexistentes y todo es más fácil.
Pensar que no hay límites y que todo es posible. La magia de las Navidades y los Reyes Magos está en cada uno de nosotros. Todos recordamos lo que era la confianza ciega en lo que nos decían nuestros padres. Como nos creíamos a pie juntillas que los tres Reyes iban a cada una de las casas de los niños a dejar regalos por haber sido buenos.
Todos dejábamos leche y galletas para los Reyes debajo del árbol y nos levantábamos nerviosos por la mañana.
Toda esa magia sigue en nosotros. Solo hay que encontrarla. Hay que reaprender a volver a creer, a ilusionarnos, a motivarnos por las pequeñas cosas. A creer que todo es posible.